Ocram. SEGUNDO CAPÍTULO: 11:30

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Nos quedaban cinco minutos para llegar y el entierro empezaba a y media. Rolan me miraba por el espejo de la visera del coche, castigándome por llegar tarde. Yo no le culpaba por estar enfadado, habíamos perdido a una persona muy importante en nuestras vidas e íbamos a llegar tarde a su última despedida por mi culpa. Mi angustia aumentaba conforme nos acercábamos, sabía que no me querían ver por allí pero no podía faltar. Aún me sentía culpable. Cogí la petaca que siempre llevaba en la guantera y le eché un buen trago de anís, necesitaba beber para poder afrontarlo. Rolan volvió a juzgarme con la mirada junto con un gesto de desacuerdo. Paramos en un semáforo en rojo, cuando todavía quedaban tres minutos para llegar, Belf sacó una piedra de hachís, -toma anda… háztelo- me dijo.

– ¿En serio vais a fumar ahora? ¿Tan poco respeto tenéis? – protestó Rolan.
– ¡Bueno, hijo… tranquilo! Que sólo es un porrillo para que no se haga tan duro – respondió Belf.
– Haced lo que queráis… yo ya paso…- y en voz baja añadió- sois unos putos desgraciados- Belf no lo oyó; yo me callé mientras me hacía el porro.

Llegamos al cementerio, aparcamos el coche y fuimos a paso ligero. Pasamos cuatro filas de lápidas y en la sexta ahí estaban, todos los familiares y amigos cercanos. Nosotros nos quedamos en la cuarta fila escondidos tras una gran lápida de mármol para que no nos viesen. Todavía estaba el cura procediendo con la ceremonia y a su izquierda, el ataúd de madera rodeado de gente vestida de negro guardando homenaje. Al ver aquel recipiente rectangular de madera, mi pecho se me encogió, mis lágrimas brotaban lentamente, no podía soportar aquella escena, nunca había sentido una angustia como aquella. La madre estaba abrazada a su marido, un desgarrador llanto y lágrimas incesantes caracterizaban a aquella mujer. Por otro lado, el padre con la mirada perdida en el ataúd, sin entender por qué tuvo que pasar lo que pasó, por qué le tocaba vivir aquello, no le quedaba otra que mantenerse firme para prestar apoyo a una madre que acababa de perder una parte de sí misma.

El cura había concluido y se dispusieron a bajar el ataúd, fue en aquel momento donde entendí que había perdido a alguien de verdad, en aquel momento supe… que ya no iba a recuperar esa parte que nos componía a todos nosotros. Un terrible sentimiento de culpa y odio se apoderó de mí, mi corazón empezó a latir más fuerte, de mi pecho emanaba un dolor muy fuerte, las lágrimas no paraban de escaparse de mis ojos, mi vista se empezó a nublar, perdí el sentido del espacio, estaba perdido, ya no veía nada, intenté apoyarme en la lápida que había enfrente de mí, pero no la encontraba, intenté llamar a Rolan y a Belf pero no contestaban, todo estaba oscuro.

– Ocram- una voz familiar me habló desde todas las partes.
– ¿Quién cojones eres? – respondí confuso, sin ver nada.
– Ya sabes quién soy. Te están esperando.

No respondí, no sabía qué estaba pasando y con la incertidumbre mi angustia fue a mayores. De repente, el suelo empezó a temblar, duró varios segundos. Mi vista volvió, una luz procedente de encima de mí alumbró vagamente el lugar. Aún estaba oscuro. Estaba dentro de un majestuoso coliseo romano, en la arena, justo en medio de ella. Aquello era enorme. Las paredes de piedra que me rodeaban eran gigantescas, había una serie de personas repartidas por todas las gradas sin ocuparlas todas, iban de negro y no lograba ver sus caras, estaban de pie. Era algo tétrico.

Cuando me quise dar cuenta estaba sentado en una silla, maniatado, enfrente de mí había un viejo televisor apagado apoyado en una antigua mesa de madera. Me puse muy nervioso, intenté liberarme, pero no podía, la silla estaba anclada al suelo.

La televisión se encendió, solo se veía una luz blanca, cuando a los pocos segundos me vi a mí mismo caminando junto con Bernadette, Ícaro y Balbás. Me acordé al instante, fue hace un año, íbamos hacía lo que iba a ser nuestro salto más grande.

Balbás me había conseguido una oportunidad que no podía dejar escapar, era amigo del barrio, tenía gran barba, ojos verdes, estatura media y era fortachón. Tenía muchos contactos y me había conseguido una cita con el dueño del club «Medianoche». Bernadette se podía decir que era mi novia, morena, ojos azules y muy buena niña. Por otro lado, estaba Ícaro, que era como un hermano para mí, tenía los pies en la tierra, aunque era un poco impulsivo, estatura y complexión media, moreno y uno de mis mejores amigos, no le caía muy bien Balbás.

Las imágenes mostraron cómo llegábamos al club, la verdad es que era un antro, cuando lo vi pensé «¿Dónde coño me estoy metiendo?», ya que la fachada del edificio se veía sucia y descuidada, el cartel donde ponía «Club Medianoche» con luces de neón, le faltaba la mitad de estas, pero la verdad es que cuando entramos por la puerta color rojo la cosa mejoró, dentro de lo que cabe. Todo estaba casi a oscuras, pero las luces del interior mejoraban la sensación. Había una barra que atravesaba toda la sala junto con una camarera que no dejaba nada que desear, enfrente de la barra había unos sofás donde los hombres que frecuentaban aquel antro disfrutaban de una copa y de una cálida compañía. Nosotros fuimos a la barra para hablar con la camarera.

– Hola buenas noches- nos dijo amablemente.
– Buenas noches- respondimos-. Venimos para hablar con Jaime- dijo Balbás.
– ¡Óscar avisa a Jaime, estos chicos vienen a hablar con él! – le ordenó a un gorila que tenían por segurata. Iba vestido de negro y tenía cara de mala hostia. Siendo sincero, tenía un brazo con el que te podía partir cada uno de los huesos de tu cuerpo. Sin decir ni una palabra nos miró de arriba abajo y fue a avisar al jefe del puticlub. – ¿Queréis algo chicos? Invita la casa- dijo. Balbás y yo nos pedimos un cubata, ¿por qué no? En cambio, Bernadette e Ícaro no se pidieron nada, eran demasiado educados para hacerlo.

Al cabo de unos minutos nuestro querido gorila, Oscar, volvió y nos condujo hasta Jaime. Subimos por unas escaleras hasta el tercer y último piso. En los anteriores pisos se podía ver en cada uno de ellos un amplio y oscuro pasillo con múltiples habitaciones, en una del segundo piso salía una mujer semidesnuda con lágrimas en los ojos y el labio partido. También vimos a un compañero de Óscar sacar al cliente a hostias de la habitación mientras le gritaba «¡La próxima vez que te vea por aquí te voy a reventar la puta cabeza! ¡¿Me entiendes hijo de puta?!» se le veía muy amable. Al llegar al tercer piso sólo había una puerta, el despacho del jefe.

Era una sala aterciopelada de un color verde oscurecido por la cantidad de suciedad que llevaban sin limpiar por lo menos en un año. Había un gran escritorio de madera en el medio de la sala, un ventanal al fondo que alumbraba la estancia, en la mesa había un cenicero lleno de colillas de puro, una lámpara que la utilizaban de pisapapeles y, presidiendo la mesa estaba él, Jaime, un viejo señor con tupé canoso y repeinado, que le hacía juego con su traje blanco. Tenía la cara con múltiples arrugas y un lunar en un lateral de la frente. Estaba fumando un gran puro habano tiñendo el aire con un denso humo blanco, se podía observar que la sala estaba bañada por aquel humo.

– Sentaos por favor, sentaos – nos dijo. Sólo había dos sillones, así que nos sentamos Balbás y yo. – ¿Qué tal Balbás? Hace tiempo que no nos veíamos-.
– Bien… No nos podemos quejar-.
– Me alegro – dijo con una amplia y siniestra sonrisa. – Bueno… vamos directos al grano… – ¿Tú debes de ser Ocram, no? – preguntó mientras me estrechó la mano – ¿Cuéntame qué quieres?
– Queríamos comprar medio kilo de tu coca. Balbás nos dijo que era de buena calidad y que nos la podías fiar. Jaime al oír esto se rió exageradamente.
– Un chico ambicioso por lo que veo… -contestó dándole una profunda calada al puro-. Pues bien, no se hable más, que no me gusta perder el tiempo-. Sacó un fardo y una navaja con la empuñadura de marfil de un cajón de su escritorio, rajó el fardo con su navaja y sacó con la punta de esta un poco de coca. – ¿Queréis probar? – Dijo apuntándome con la navaja mientras de nuevo, mostraba esa sonrisa siniestra. – ¡Óscar, saca la bandeja y ponles una muestra a los chavales cojones! ¡Que te tengo que decir todo hostias! – gritó de repente malhumorado. Óscar sin rechistar acató órdenes y pintó cuatro rayas en la bandeja. -Probad, probad… no os cortéis – dijo mirando a Bernadette de arriba abajo guiñándole un ojo. Todos la probamos.
– Esta buena. – le dije.
– Claro que está buena, ¿qué coño te esperabas? ¿Creías que iba a dar a un amigo de Balbás una puta mierda o qué? – respondió como si aquel comentario le hubiese ofendido. – ¿Entonces la queréis comprar, no? -preguntó.
– Sí- respondí.
– Bien. Óscar, saca la mochila con el medio kilo – ordenó. Este obedeció y salió de la habitación en busca de la mochila. – Son veinte mil, tenéis un mes y medio para pagarme, ya que venís de parte de Balbás.
– Muchas gracias, Jaime -le agradeció Balbás. El gorila entró con la mochila de la mano y se la dio al jefe.
– Aquí tenéis – nos dijo abriendo la mochila y mostrándonos los dos fardos. La cerró y alargando el brazo me la ofreció para que la cogiese. Cuando casi la tenía de la mano, Jaime me agarró del brazo y tiró de mí con fuerza hasta que tuve mi cara a un palmo de la suya. Me miró a los ojos con cara de pocos amigos. – Nos vemos en un mes- susurró amenazante. Seguidamente esbozó una espeluznante sonrisa seguida de una carcajada, me dio la mochila.
– Nos vemos- respondió Balbás al verme que me quedé sin habla.
Al salir del puti nos montamos todos en el coche de Ícaro y le dije «¡Lo tenemos!», ambos sonreímos y nos pusimos rumbo a mi casa.

wattpad@DiegoPerezRH
Instagram: diego_perezrh

Razón: El alumno Diego Pérez Recio publica en Wattpad sus relatos y ha querido compartirlos con la comunidad UEMC mediante la sección denominada Ocram con la que pretende emocionar y conectar con el lector.
Temática: Ocram se halla en el borde de la desesperación. Cuando la deuda es alta y el enemigo es superior, solo cabe esperar un resultado.
Alumnos: Diego Pérez Recio.
Curso: 2020-2021.
Profesor responsable: Carolina Pascual Pérez (Dpto. Ciencias Sociales).

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