En Quintanilla de Trigueros el tiempo tiene otra manera de pasar. No más lento, quizá, pero sí más humano. Allí, entre campos abiertos y caminos que parecen perderse en el horizonte de Tierra de Campos, la vida sigue sosteniéndose en cosas pequeñas: una conversación en la puerta de casa, el sonido de las campanas, una plaza que aún reúne, unas fiestas que continúan siendo encuentro.
Con apenas 101 habitantes, Quintanilla podría parecer uno de tantos pueblos pequeños que resisten en silencio en el mapa de Castilla y León. Pero basta pasar unos días allí para entender que no hay nada pequeño en un lugar donde la memoria sigue tan viva. Porque en Quintanilla las historias no están guardadas únicamente en los archivos o en las fotografías antiguas; viven en las personas. En cómo recuerdan o cómo lo cuentan.
Precisamente desde esa idea nació el proyecto Raíces: Relatos y aprendizaje intergeneracional conectando estudiantes y sabios, impulsado por la Universidad Europea Miguel de Cervantes junto a la Diputación de Valladolid. Un proyecto que busca escuchar antes que intervenir. Que entiende la comunicación no solo como difusión, sino como vínculo. Y que apuesta por conectar generaciones para preservar algo tan frágil e importante como la memoria de los pueblos.
El pasado 5 de mayo, los estudiantes del grado de Publicidad y Relaciones Públicas de la UEMC han desarrollado talleres en Quintanilla de Trigueros centrados en tradiciones, relatos y acompañamiento digital. Pero más allá de la tecnología o del aprendizaje académico, lo que ha ocurrido allí ha sido otra cosa: un intercambio humano.


Fuente: fotografías tomadas por los investigadores.
Los jóvenes llegaron con móviles, cámaras y ganas de aprender. Los mayores, con recuerdos, experiencias y una forma de mirar el pueblo que no aparece en Google Maps. Entre ambos comenzó a construirse un puente invisible donde la memoria oral se transformaba en relato compartido.
Las conversaciones surgían sin necesidad de guion. Alguien hablaba de cómo eran las fiestas hace décadas, otro recordaba antiguos oficios como amasar el pan, hacer miel, alguien más señalaba una casa diciendo quién vivió allí. Y de pronto, lo cotidiano adquiría valor patrimonial. Porque quizá esa sea una de las grandes lecciones de Quintanilla: entender que el patrimonio no son solo los edificios históricos, sino también las palabras, las costumbres y la manera en que una comunidad se reconoce a sí misma.


Fuente: fotografías tomadas por los investigadores.
Las fiestas de la Virgen del Arco, celebradas del 30 de abril al 4 de mayo, fueron uno de esos momentos donde el pueblo mostró su alma. Durante esos días, Quintanilla dejó de ser únicamente un lugar para convertirse en encuentro. Familias que regresan, calles con más movimiento, conversaciones largas, música, tradición y ese sentimiento difícil de explicar que hace que un pueblo vuelva a latir con más fuerza.


Fuente: fotografías tomadas por los investigadores
No importa cuántos habitantes figuren en el padrón durante el invierno. En fiestas, el pueblo se expande emocionalmente. Vuelve gente que se marchó hace años, aparecen recuerdos compartidos y las generaciones se mezclan de una manera natural. Hay algo profundamente simbólico en ver cómo quienes un día se fueron siguen necesitando volver, aunque solo sea unos días, para reconocerse en sus raíces.
Durante los talleres los vecinos enseñaron a los estudiantes algunos de los lugares más significativos de Quintanilla. Y lo hicieron no como quien muestra un monumento, sino como quien comparte una parte de sí mismo.
Las cuevas y antiguas bodegas, excavadas en la tierra y cargadas de historia, parecían guardar el eco de otra época. Allí dentro el silencio tiene una textura distinta. Hablan de tiempos donde la tierra servía también de refugio, de almacén y de lugar de encuentro. No son únicamente patrimonio arquitectónico; son memoria excavada.
Después llegaron la ermita, la iglesia y las calles tranquilas del pueblo. Pero lo más importante no era únicamente lo que se veía, sino cómo se contaba. Cada rincón iba acompañado de una historia, de una anécdota o de una emoción. Porque en Quintanilla el patrimonio no se visita: se escucha.
Y ahí es donde el proyecto Raíces encuentra su verdadero sentido. En una época marcada por la velocidad y la hiperconexión, detenerse a escuchar a las personas mayores de un pueblo puede parecer algo sencillo. Pero quizá sea precisamente eso lo revolucionario.
Escuchar cómo era la vida antes. Cómo se celebraban las fiestas. Cómo se ayudaban unos a otros. Cómo la comunidad se construía desde la cercanía y no desde las pantallas. Todo ello permite comprender que los pueblos pequeños poseen algo que hoy resulta extraordinariamente valioso: identidad.
En muchos territorios rurales, el gran riesgo no es únicamente la despoblación. Es la desaparición de los relatos. Que las historias se pierdan cuando quienes las recuerdan ya no estén. Que los nombres, las tradiciones o las formas de vida se diluyan sin dejar rastro.
Por eso el trabajo de los estudiantes no consiste únicamente en grabar vídeos o recopilar testimonios. Consiste en dignificar la memoria. En demostrar que esas historias merecen ser conservadas y compartidas. Que tienen valor cultural, social y humano.

Fuente: fotografía tomada por uno de los investigadores.
Además, el proyecto evidencia algo importante: la innovación también puede surgir desde lo rural. A menudo se asocia la innovación únicamente a la tecnología o a los grandes entornos urbanos, pero iniciativas como Raíces demuestran que innovar también es generar nuevas formas de relación entre generaciones, nuevas maneras de comunicar el territorio y nuevas narrativas capaces de proyectar el valor de los pueblos hacia el futuro.
Porque Quintanilla de Trigueros no es solo un lugar pequeño de Tierra de Campos. Es también un ejemplo de cómo la memoria colectiva puede convertirse en herramienta de cohesión, de comunicación y de resistencia cultural.
Y quizá ahí esté la verdadera importancia de proyectos como éste. No solo en conservar el pasado, sino en ayudar a que esos pueblos sigan teniendo futuro. Un futuro donde la tradición y la modernidad no compiten, sino que se acompañan.
Al caer la tarde en Quintanilla, cuando el viento recorre despacio los campos y el pueblo vuelve a quedarse en calma, uno entiende que hay lugares que no necesitan grandes discursos para dejar huella. Basta con sentarse, escuchar y mirar alrededor para comprender que aquí todavía hay algo que permanece. Algo que resiste. Algo que sigue latiendo.
Razón: La profesora Mónica Matellanes Lazo es la investigadora principal del proyecto Raíces: Relatos y aprendizaje Intergeneracional conectando estudiantes y sabios, fruto de la VII convocatoria de proyectos de
investigación y retención del talento UEMC-Diputación de Valladolid. La acompaña como becaria de investigación y antigua alumna de Publicidad y RR.PP., Paula Pozo Pablos. En esta investigación se aborda la problemática de los municipios de la provincia de Valladolid de menos de 200 habitantes. Gracias a las fuentes secundarias y primarias se entiende que hay que intervenir en los pueblos: escuchar y pasar a la acción. El objetivo es intervenir en determinados municipios prestando ayuda para recuperar la memoria, los oficios y las tradiciones… llevar a cabo talleres intergeneracionales que sirvan de modelo para su réplica en otros lugares de todo el panorama nacional. Es curioso detectar que muchos de los que viven en estas pequeñas zonas rurales no perciben soledad no deseada. Están felices, pero demandan servicios básicos; fundamentalmente la sanidad y el transporte. La memoria y la recuperación de sus raíces, oficios…que no queden en el olvido que se visualice su patrimonio, riqueza cultural, natural, sus gentes y fiestas.
Temática: Comunicación Social en el ámbito rural. Recuperación de la memoria rural de las raíces del territorio.
Profesor: Prof. Dra. Mónica Matellanes Lazo y Paula Pozo Pablos, Becaria de investigación y antigua alumna UEMC de Publicidad y RR.PP.
Especialización: Publicidad y RR.PP.










































