La manzana prohibida de Eva

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Es tan corto el amor y es tan largo
el olvido (Pablo Neruda).
A la vida…

Antes de marchar, ella preguntó al viento en qué gastaría su tiempo cuando su risa dejara de habitar aquel lugar. El viento no respondió, pero agitó suavemente las cortinas, como si conociera secretos que no debía revelar.

Él la observaba desde el mirador.

Las gaviotas se posaban cerca, cansadas tras su vuelo, batiendo las alas con una insistencia inquieta, como si presintieran algo. A través del cristal, ella parecía lejana, aunque estaba a solo unos pasos. Siempre había sido así: cercana en cuerpo, remota en pensamiento.

—¿Vas a irte mañana? — preguntó él, rompiendo el silencio que llevaba horas creciendo entre ambos.

Ella no contestó de inmediato. Sus dedos recorrieron la barandilla, como si acariciaran la memoria del lugar.

—Antes de dormir —dijo finalmente—, he estado preguntándole a la vida hacia dónde se dirige cuando todo cambia.

Él sintió un frío repentino, pese al aire tibio del atardecer. No era la primera vez que ella hablaba de marcharse, pero aquella noche había algo distinto: una serenidad demasiado firme, casi definitiva.

Las gaviotas levantaron el vuelo de golpe, como si hubieran escuchado algo invisible.

—Necesitas cariño —susurró él—. No de una noche, sino de todos los días. Lo sabes.

Ella sonrió, pero en su sonrisa había una tristeza velada, como un secreto guardado demasiado tiempo.

—Y tú necesitas certezas —respondió—. Pero yo solo tengo horizontes lejanos.

El mar golpeó las rocas con un ritmo irregular. Él notó entonces que el reloj del salón se había detenido. Las agujas marcaban la misma hora desde hacía varios minutos.

—¿Lo has parado tú? —preguntó, señalándolo.

Ella negó lentamente.

El viento volvió a agitar las cortinas, más fuerte esta vez.

—Siempre he envidiado a las gaviotas —continuó ella en voz baja—. Tientan al destino sin saber dónde terminarán.

Un silencio denso se instaló entre ellos. Él dio un paso hacia adelante y tomó su mano. Estaba tibia… pero ligera. Demasiado ligera.

—Quédate —dijo, con una urgencia que apenas lograba contener—. Podemos empezar de nuevo. Aquí. Juntos.

Ella lo miró con una ternura infinita y por un instante pareció más real que nunca.

—He de besar esta tierra desde la lejanía —murmuró— y llevarme un puñado de su viento y de su mar. Eso prometí.

El reloj volvió a moverse de repente.

Una sola campanada resonó en la casa vacía.

Él apretó su mano con más fuerza, pero entonces sintió cómo se desvanecía, como si el aire la reclamara lentamente. La figura de ella se volvió translúcida, difuminada por la luz del crepúsculo.

—¿Qué está pasando? —, susurró, con el corazón desbocado.

Ella se inclinó hacia él, y su voz, apenas audible, se deslizó como una caricia entre el ruido del mar.

—Partí hace un año —confesó—. Esa noche de tormenta. Nunca logré despedirme.

El viento rugió con violencia, abriendo la ventana de par en par. Las cortinas danzaron como alas blancas.

Él recordó entonces: la llamada, el accidente, el silencio interminable que vino después. Y su costumbre de sentarse cada tarde frente al mirador, esperando escuchar su risa otra vez.

Las gaviotas cruzaron el cielo en formación, rumbo a un horizonte incierto.

—He vuelto —dijo ella suavemente— , porque aún no dejabas de esperarme.

Una lágrima cayó por el rostro de él.

—No puedo dejar de hacerlo.

Ella sonrió, y por primera vez su expresión fue plenamente luminosa.

—Entonces no me olvides… pero vive.

El viento se calmó.

El mar suavizó su latido contra las rocas.

Y, como si el tiempo finalmente reclamara lo que le pertenecía, su figura se disolvió entre la brisa salada, dejando en sus manos solo el vacío y un leve calor que tardó en desaparecer.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, él cerró la ventana del mirador.

Pero antes de hacerlo, susurró al viento una promesa: amar su recuerdo sin dejar de caminar.

Y en la distancia, una gaviota solitaria trazó un último círculo en el cielo, como si aún llevara, sobre sus alas, más de mil abrazos que nunca llegaron a darse.

Razón: Silueta con voz de mujer responde al nombre de la colaboración literaria mensual que la profesora del Grado en periodismo semipresencial, Ruth Amarilis Cotto Benítez, efectuará en Vuélcate. Se trata de una serie de relatos cortos que empoderen a las mujeres.
El logo de su colaboración ha sido cedido por el pintor Alejandro Conde. Se trata de su obra titulada Mujer con sombrero. Y este mismo pintor colabora con otras obras cedidas para ilustrar específicamente algunos relatos de la autora.
Temática: Amor.
Profesor: Ruth Amarilis Cotto.
Especialización: Filología Inglesa. Dpto. Ciencias Sociales (UEMC).

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