Havana

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“Vivimos en un tiempo maravilloso, el que
es fuerte es débil debido a sus escrúpulos y
el débil se fortalece debido a su audacia”.
Henry Kissinger

El Club Tropicana brillaba como un espejismo tropical en medio de la tensión política que respiraba la isla. Afuera, el mundo se inclinaba hacia el conflicto. Los rumores sobre una invasión norteamericana recorrían los pasillos del poder, los cafés del Malecón y los despachos secretos.
Pero dentro del club, aquella noche, el único combate parecía ser entre el ritmo de los tambores y el movimiento de las caderas de las bailarinas.
Michael Hayes observaba desde una mesa en penumbra.
Para la mayoría era un turista elegante con traje de lino claro. Para la CIA era uno de sus agentes más eficaces en el Caribe.
Y para el destino… aquella noche sería su última misión.
Entonces apareció Havana.
Alta. Cabello largo, rizado, cayendo como sombras sobre su espalda. Piel color canela iluminada por los focos del escenario. Su danza parecía una declaración silenciosa de libertad.
Michael no pudo apartar la mirada.
Había visto muchas cosas en su carrera: golpes de estado, conspiraciones, asesinatos silenciosos en callejones húmedos. Pero nunca algo como aquello.
Cuando la música terminó, ella pasó cerca de su mesa.
—¿Te gusta la música cubana? —preguntó con una sonrisa leve.
—Creo que podría escuchar la música de tu nombre toda la noche —respondió él sin pensar.
Ella se detuvo.
Por un instante, algo en sus ojos cambió.
Porque Havana no era solo una bailarina.
Era mensajera del Frente Revolucionario Cubano.
Y aquel hombre que la miraba con tanta sinceridad… era el enemigo.
O al menos debía serlo.

Las noches siguientes comenzaron a encontrarse.
Michael sabía que estaba rompiendo todos los protocolos de espionaje.
Pero algo en ella lo empujaba hacia adelante con un ímpetu inexplicable.
Una madrugada caminaron por el Malecón mientras el mar golpeaba contra las rocas.
Havana lo miró en silencio.
—A veces pienso que todos estamos solos aquí —dijo—. Que en la oscuridad hemos llorado… que en la soledad hemos temido.
Michael la observó sorprendido.
Era como si estuviera leyendo su propia vida.
—Tal vez —respondió— solo necesitamos una mano amiga para seguir.
Ella sonrió con una tristeza suave.
—¿Incluso si esa mano viene del otro lado de la guerra?
Michael no contestó.
Porque ambos sabían algo que aún no habían dicho.
Durante los días siguientes, Havana lo llevó a recorrer lugares que los mapas no enseñaban.
Las calles coloridas de Trinidad.
Los campos de tabaco en Viñales.
Los mercados de Santiago donde el café olía a madrugada.
Michael comenzó a ver la isla de otra forma.
Ya no como un tablero estratégico de la Guerra Fría.
Sino como un lugar vivo.
Una tarde, frente al mar turquesa, Havana le dijo:
—Quiero vivir… quiero despertar… quiero pensar en positivo.
Michael la miró sorprendido.
—Eso suena a una promesa.
—Es un deseo.
Ella bajó la mirada.
—Este amor… —susurró— me pide sensatez y no embriaguez.
El silencio entre ellos fue más fuerte que cualquier confesión.

La noche antes de la invasión, Michael recibió el mensaje cifrado.
La operación comenzaría pronto.
Debía enviar las coordenadas de varias posiciones estratégicas cubanas.
Entre ellas…
el campamento revolucionario donde trabajaba Havana.
Michael se quedó mirando el transmisor durante horas.
Pensó en su país.
En su juramento.
En la misión.
Pero también pensó en ella.
En sus pestañas largas.
En la forma en que la luz del amanecer tocaba su piel.
En cómo ella lo había hecho querer seguir viviendo.
Cuando Havana llegó esa noche, él ya había tomado su decisión.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Michael respiró hondo.
—Soy agente de la CIA.
Ella no se sorprendió.
Solo lo miró con una mezcla de tristeza y ternura.
—Lo sabía.
Michael sintió que el mundo se detenía.
—¿Entonces por qué seguiste viéndome?
Havana se acercó lentamente.
—Porque a veces el corazón ve cosas que la política no puede.
Michael rompió el transmisor.
Las piezas cayeron al suelo como pequeñas estrellas metálicas.
—Mi misión termina aquí —dijo.
Havana lo observó con los ojos brillantes.
—Eso te convertirá en enemigo para los dos bandos.
Michael sonrió con calma.
—Tal vez.
Luego añadió:
—Pero si tengo alas… prefiero quitármelas para que tú puedas volar.
Ella entendió la referencia.
Y sus ojos se llenaron de lágrimas.
El amanecer comenzaba a iluminar La Habana.
La guerra estaba a punto de comenzar.
Pero en aquel momento, frente al mar, solo existían dos personas que habían descubierto algo más poderoso que la política, el espionaje o las ideologías.
Algo que navegaba desnudo hacia el horizonte como un barco silencioso.
El amor.

La Habana, 1961

Razón: Silueta con voz de mujer responde al nombre de la colaboración literaria mensual que la profesora del Grado en periodismo semipresencial, Ruth Amarilis Cotto Benítez, efectuará en Vuélcate. Se trata de una serie de relatos cortos que empoderen a las mujeres.
El logo de su colaboración ha sido cedido por el pintor Alejandro Conde. Se trata de su obra titulada Mujer con sombrero. Y este mismo pintor colabora con otras obras cedidas para ilustrar específicamente algunos relatos de la autora.
Temática: Amor.
Profesor: Ruth Amarilis Cotto.
Especialización: Filología Inglesa. Dpto. Ciencias Sociales (UEMC).

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