Eran tiempos modernos. Los ánimos estaban caldeados. Los medios televisivos nos habían acostumbrados a presenciar día tras día escenas de conflictos bélicos. Aunque podíamos discernir el origen de éstos, lamentablemente no podíamos concretar la fecha de caducidad de tanto desorden e injusticia social. Yo permanecía casi inmóvil sobre el sofá. Taciturna y cabizbaja me dejé llevar por el cansancio y la resignación ya que no podía cambiar la realidad del mundo. Sentí pena por este país que a duras penas comenzaba a descubrir. Un país milenario y exótico que embrujó mis sentidos desde el primer momento que pisé su tierra rojiza y árida. Siempre quise estar aquí. Hoy me tocaba estar sola e independiente sin resquemor a cubrir mis cabellos con algún pañuelo de seda azul cielo. Mis fuerzas estaban casi al límite. La ausencia de mi esposo era más que evidente. Le extrañaba. Pero me proponía remontar por mí misma en este país que tan bien nos había acogido. De ahora en adelante, no le acompañaría a sus excavaciones arqueológicas, pero habría de luchar por mantener intacto su legado académico.
Era tarde, pero el olor a cardamomo penetraba a través de la diminuta ventana de la cocina. Pensé que era Aisha preparando una mezcla de siete especias llamada Baharat. Canela, cilantro, nuez moscada, clavo y cardamomo eran las únicas culpables de tan exquisito aroma y de la exquisitez del cordero que en varias ocasiones fui invitada a degustar. De súbito, el ruido del crujir de una puerta de madera me sobresaltó en gran manera. Y así, sin pensarlo dos veces, me incorporé y asomé mi ojo derecho tras la circular mirilla sobre la pared.
De inmediato, logré visualizar la silueta de un hombre. Permanecí callada y me sentí un poco temblorosa. Era la primera vez que veía que aquella puerta se abría. Desconocía sinceramente qué persona residía en el pequeño apartamento de la parte trasera del qars saghir jiddan (palacete pequeño). El hombre era alto y llevaba una Thobe, es decir una túnica larga y holgada que llegaba sobre sus tobillos. Escasos segundos después cerró la puerta, pero esta vez con más sigilo. Yo en cambio sentí mucha curiosidad por descubrir quién era este hombre misterioso y deseaba saber por qué estaba allí.
Al día siguiente, me dirigí a la cocina con la esperanza de que Aisha, la joven khadima (asistenta) me comentara algún detalle respecto a la llegada del forastero durante la hora del desayuno. Fue en vano. Ella recién se había marchado al mercado a comprar almawz (plátanos) y albatiykh (sandías). Estaba prácticamente sola en la terraza. Me entretuve observando los motivos geométricos y los dibujos de la mano de Fátima en los vasos que estaban sobre mi mesa. De repente, un hombre de baja estatura con el cabello rizo y la piel cobriza se acercó a mi mesa y me miró fijamente a los ojos sin pronunciar palabra alguna señalando que mi hiyab (pañuelo) estaba caído sobre mis pies.
Quiero gritar. Quiero llorar. Eso es todo cuanto necesito para sanar esta profunda pena que siento. Enmudecí por quince minutos. Me sentí irascible, invadida por un incontrolable ardor que me encendía todo dentro de mi ser. Siento que me rompo interiormente. Percibo cómo el volcán que hay dentro de mí entra en erupción. No puedo soportar ni un minuto más, sentada en la terraza. No logro resistir la lava incandescente quemando abruptamente mis mejillas en forma de lágrimas. Por ello, me levanté. Cubrí mi cabeza cuidadosamente y me dirigí al Kasbah (bario fortificado de origen islámico).
Eran demasiadas emociones para tan escasas horas. Necesitaba caminar. Sentir el calor que emanaba del suelo. Ansiaba oler las especies, pero ante todo escuchar esa difícil lengua de comprender y tan fácil de comenzar amar. Esta lengua me ata a esta cultura. Después de caminar por escasos minutos, logré divisar un café frecuentado por turistas norteamericanos y franceses. Entré, me senté y dejé deslizar suavemente el pañuelo que cubría mi largo cabello de color caoba. Estaba a salvo, pensé.
La luz se asomaba tímidamente por entre las cristaleras del Café Tangier, y me fijo en un hombre vestido con una túnica negra muy parecida a la que llevaba el hombre misterioso la noche anterior. Definitivamente tiene que ser él. Le observo pausadamente. No está solo. Acompaña a Aisha y la ayuda con una cesta de considerable tamaño repleta de frutas diversas. Me dirijo hacia ellos rápidamente y les pregunto si necesitan ayuda.
Me fijo en que el hombre no tiene rasgos árabes. Es nórdico. Su acento es difícil de acertar. Aisha nos conduce por un laberinto de callejuelas desconocidas para mí. Curiosamente, llegamos en un santiamén al hotel. Fue precisamente allí donde descubrí que el hombre misterioso era un químico sueco que había venido a conocer de primera mano el arte y la cultura árabe. Sus palabras infundían serenidad y paz. La muerte de su mujer e hijo de tres años en un accidente automovilístico le llevaron a apartarse del mundo y refugiarse en la alquimia.
“El azufre, el mercurio y la sal representan el fuego, el aire y la tierra/agua en contextos alquímicos y metafóricos. La alquimia en la antigüedad buscaba los grandes bienes humanos: riqueza, longevidad e inmortalidad”-, repitió en dos ocasiones.
Su vida desde entonces era como una especie de viaje en proceso de transformación personal y espiritual. Un momento preciso y exacto donde las dificultades se convierten en crecimiento y sabiduría. Estaba decidido a crear una especie de centro espiritual. Se sentía motivado a dar conocer el concepto de alquimia de almas.
Le escuchábamos atentamente cuando nos explicó que todo ser humano ha de transitar un viaje interior para convertir las emociones (“el plomo”) en algo valioso y positivo (“el oro”).
Yo necesitaba saber exactamente el camino a seguir en mi vida. Al igual que él, había perdido a seres muy queridos. Necesitábamos paz, seguridad, felicidad y ecuanimidad. Gracias a Aksel comprendí que la alquimia estaba considerada como un proceso mediante el cual estudiosos de todas las épocas han tratado de transformar el plomo en oro. Sin embargo, además de ser la estructura sobre la que se sustenta la industria química y metalúrgica. Es notable señalar que detrás de la alquimia subyace un simbolismo cuyo significado es mucho más profundo y estremecedor. El mismo hace referencia a la psique humana y a la capacidad de transformación que poseemos cada uno de nosotros en nuestro interior.
No obstante, según las enseñanzas de mi amigo alquimista debemos ser conscientes de que ningún ser humano está exento de vivir situaciones difíciles y trágicas. Sin embargo, la diferencia entre unos y otros está en la capacidad para desarrollar de forma constructiva cada experiencia, de transformar ese horrible y profundo dolor en una pura evolución del ser. Fue así cómo decidí emprender mi viaje desde aquí, sin más pena ni dolor junto a Aksel. Tenía la convicción de que era el momento propicio para darle rienda suelta a mi renacer. ¿Lo harás tú?

Razón: Silueta con voz de mujer responde al nombre de la colaboración literaria mensual que la profesora del Grado en periodismo semipresencial, Ruth Amarilis Cotto Benítez, efectuará en Vuélcate. Se trata de una serie de relatos cortos que empoderen a las mujeres.
El logo de su colaboración ha sido cedido por el pintor Alejandro Conde. Se trata de su obra titulada Mujer con sombrero. Y este mismo pintor colabora con otras obras cedidas para ilustrar específicamente algunos relatos de la autora.
Temática: Amor.
Profesor: Ruth Amarilis Cotto.
Especialización: Filología Inglesa. Dpto. Ciencias Sociales (UEMC).












































