Dulzura entre armas, compañerismo y unión. Un día junto a los alumnos de la Academia de Caballería de maniobras militares

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Alumnos de 2.º de Caballería en las trincheras militares

Seis de la mañana, ante meridiam. 

Suena la alarma del reloj. Cualquier otro día, sin dar lugar a dudas, se hubiera mimetizado con el relajado ambiente del lugar. Recojo mis bártulos cual Lazarillo en su hatillo y empiezo a sopesar qué pesará menos bajo mis hombros. Una botella, dos piezas de fruta, bolígrafos, una pequeña libreta y una baraja de cartas que me acompañarán en esta experiencia con los futuros sargentos y tenientes del ejército de nuestro país.

Siete de la mañana, ante meridiam.

 

Academia de Caballería, Valladolid

El autobús se acerca a la parada. Levanto el brazo y señalo para que se detenga mientras los nervios afloran, según nos acercamos a la Academia. Miles de preguntas se asoman en mi mente. ¿Cómo será esta experiencia? ¿Qué viviré? Todas las respuestas se concentraban en el edificio que se ubicaba frente a mí: la Academia de Caballería.

Ocho de la mañana, ante meridiam:

Las primeras notas de luz se colaban entre las nubes del edificio de Caballería. Aunque ya había amanecido tiempo atrás, la luz todavía no penetraba las caras visibles del edificio desde la acera Recoletos. Caminé con decisión hacia el edificio buscando una forma de entrar. La entrada principal estaba cerrada, así que busqué una puerta abierta por los laterales. Aunque tardé un rato en encontrar el sitio por el que acceder a las instalaciones, allí estaba.

Interior de la Academia de Caballería de Valladolid

Era un portón metálico por el que los coches pasaban. Más adelante, había dos militares haciendo guardia en una pequeña cabina. Cuando los vehículos se aproximaban, comprobaban sus matrículas y a las personas que querían acceder al interior de la base. Eran las ocho de la mañana cuando los dos oficiales dejaron de lado sus quehaceres y se acercaron hacia un poste que estaba detrás de ellos y uno se dispuso a elevar la bandera, mientras el otro le hacía el saludo.

Nueve de la mañana, ante meridiam:

Poco a poco los alumnos se fueron acercando al lugar. En coche o a pie se agolpaban expectantes y siguiendo con la mirada a su profesora con el fin de escudriñar qué harían en las próximas horas. Cuando ya hubo finalizado el recuento, hizo una señal a unos de los militares que se encontraban unos pasos más atrás.

Tiendas de campaña del campo de maniobras Renedo-Cabezón

Mientras se acercaban, la dureza de su expresión y firmeza de sus uniformes contrastaba con la dulzura del saludo de nuestra profesora. Tras una breve introducción, los militares nos acompañaron a un autobús que nos llevaría al campo de maniobras militares de Renedo-Cabezón mientras escuchábamos a Taylor Swift.

Diez de la mañana, ante meridiam

Tras media hora de viaje llegamos a Renedo. El viento soplaba moviendo las ramas de los árboles que rodeaban la zona. El teniente coronel Lucas nos explicó qué viviríamos a lo largo de la jornada, mientras nos repartían el equipamiento que nos acompañaría en las próximas horas.

Inés, Candela y Sandra (de izda a dcha) en el campo de maniobras de Renedo-Cabezón

Primero nos entregaron el casco, fuerte y adusto, estaba acolchado por cuatro zonas distintas de protección. Ajusté una pequeña ruleta ubicada en la parte trasera y conecté los dos extremos que sujetaba el casco en su totalidad. Después, nos entregaron los chalecos antibalas. Entre una mezcla de risas nerviosas y miradas incrédulas, nos explicaron cómo desabrochar los diferentes velcros que sostenían el material de protección.

Tras su explicación, nos dividimos en dos grupos. El primer grupo cubriría una guerra de contrainsurgencia moderna, mientras que el nuestro presenciaría una situación de guerra de trincheras tradicional que simula la situación que se vive en Ucrania. Por la mañana, acompañamos a los alumnos de 1º y 2º de la Academia de Caballería (ACAB). Por la tarde, montamos en los tanques de los alumnos de 5º de ACAB para observar una misión de reparto de suministros a civiles.

Once de la mañana, ante meridiam

El teniente coronel Lucas en las trincheras del campo de maniobras supervisando la maniobra militar

Mientras caminábamos hacia las trincheras, el teniente coronel nos explicaba la situación en la que muchos de sus alumnos llegaban a la Academia.

“Los alumnos con los que vais a tratar hoy vienen de contextos muy distintos. Por un lado, tenemos alumnos que llevan ya años de experiencia con nosotros y que buscan alcanzar el rango de sargento. Por otro lado, se encuentran los alumnos que vienen de acceso directo, que tras realizar una serie de pruebas comienzan aquí sus estudios”, explica el oficial.

En primer lugar, reciben una formación teórica de 4 meses en Teruel y después son distribuidos por notas en las distintas academias. Mientras tanto, están obligados a formarse en un ciclo de Formación Profesional durante los primeros años de su carrera militar y una carrera universitaria posteriormente.

Alumnos de 2.º de ACAB en las trincheras militares de Renedo-Cabezón

La diferencia de conocimientos entre los alumnos que llegan de la calle es algo que notan desde un primer momento. Cuando les preguntamos cómo hacen para aliviar la compleja diferencia de aptitudes y conocimientos entre ellos, la solución es más sencilla de lo que pudiera parecer. Todos aquellos que provenían de acceso directo ocupaban los primeros días de maniobras los puestos de liderazgo.

“Aunque es un choque muy fuerte de realidad para ellos y vienen muy verdes, les sirve para asumir rápidamente las responsabilidades que tendrán a partir de ahora”.

Cuando llegamos a las trincheras nos presentaron a los diferentes jefes de sección y comenzamos a recorrer todo el frente que habían estado preparando desde las cinco de la mañana.

Doce de la mañana, post meridiam

Mi jefa de sección se apellidaba Artal. Tenía varios años de experiencia en el terreno militar y parecía controlar la situación al dedillo. Nada más llegar, me ofreció la mano y, pese a que seguramente nos llevábamos apenas unos meses de diferencia, me comenzó a tratar de usted. Aquello me llamó la atención, hasta ese momento no había interactuado con otros militares de mi rango de edad y, siempre había asociado ese trato a la suma de la diferencia de edad y la falta de confianza, como es lógico en el trato con civiles. Sin embargo, no era así, era un trato único que, pese a mis iniciales persistencias, venía con el cargo militar y  les resultaba más complicado tutearme a mí y seguir tratando de usted al resto por lo que, al paso de las horas, acabé acostumbrándome.

Artal con su radio en las trincheras militares

Nada más llegar a la zona en la que Artal tenía ubicado su puesto de mando dentro de la trinchera, me fijé en la radio que utilizaban sus compañeros para comunicarse. Era una radio pesada, del año 68, del conflicto de la guerra de Vietnam. En la parte superior tenía un teléfono antiguo con el que recogían las ondas de radio dentro del perímetro marcado en la zona. Tenían distintos canales para comunicarse con los diferentes niveles de mando y con los que me podía comunicar siguiendo sus propios códigos para cada uno de los soldados con el fin de que la información que se transmitía no pudiera ser interceptada.

Radio empleada en la sección 3 de las trincheras

La minuciosidad con la que se preparaba cada detalle de la defensa era palpable. En el puesto de mando de Artal, no sólo la comunicación era clave, sino también la disposición de los efectivos. La estrategia inicial, según nos explicaron, asignaba a tres alumnos la ingrata tarea de rellenar sacos terreros para fortificar la frontera del frente, mientras que otros dos se apostaban para defender un flanco de la trinchera con una ametralladora. El resto se concentraba en la defensa frontal con fusiles y armamento convencional.

Sección de Artal antes del cambio de estrategia en la parte lateral de las trincheras

Sin embargo, en un giro que demostraba la constante adaptabilidad y el ojo crítico del mando, el teniente coronel Lucas interrumpió la formación para ordenar un cambio radical: la inversión de las posiciones. Este ajuste, que obligaba a reorientar roles y responsabilidades en un instante, subrayaba que, en el campo, la teoría se somete al juicio de la experiencia y a la necesidad de optimizar cada recurso humano en función del riesgo inminente.

Una del mediodía, post meridiam:

Llegó el momento de la verdad. La tensión se palpaba en el ambiente. Tras realizar un proceso de evacuación, cada una de las periodistas fuimos evacuadas del lugar, agarradas del chaleco del cabo que se encargaba de nuestra protección. Tras sacarnos y ocultarnos en un lugar seguro, comenzamos a documentar la operación. En un primer momento, pudimos ubicar a nuestros compañeros periodistas que acompañaban a los miembros del bando atacante y a partir de ahí comenzó el ataque. Una vez ubicaron al bando enemigo, lanzaron una bomba de humo roja para alertar al resto de soldados. Cuando entraron en zona de tiro, dispararon a los soldados que se acercaban. A pesar de que contaban con poco más de un par de cartuchos de fogueo por cada sección, hicieron todo lo posible por retenerlos el mayor tiempo posible.

Imágenes del ataque en las trincheras militares por el bando enemigo

Sin embargo, no habían tenido en cuenta un error que sería clave para su derrota. El flanco izquierdo de la trinchera estaba indefenso. Pocos minutos después, el enemigo se aprovechó de la circunstancia y, pese a los continuos intentos de Artal y sus compañeros para evitar que entraran al lugar, tuvieron que organizar una retirada y abandonar los puestos de control y organizar su rendición. La alegría del bando enemigo inundaba las trincheras que sus compañeros habían defendido en las últimas horas.

Imágenes de las trincheras durante el ataque del bando rival

La adrenalina se disipó con la cesión del fuego. Ambos bandos, atacantes y defensores, convergieron en el punto central de la trinchera. Los cascos, antes símbolo de la tensión bélica, ahora se elevaban ligeramente para facilitar la ventilación bajo el sol de Renedo. La seriedad de la derrota se mitigó con la inmediatez del aprendizaje. Los tenientes coroneles y mandos de sección reunieron a sus alumnos. No hubo graves reproches, sólo análisis.

Con la profesionalidad que los caracteriza, se desgranaron los aciertos (la rápida reacción de Artal ante la penetración inicial) y los errores, siendo el flanco izquierdo indefenso el punto más crítico de la mañana. Se discutió la importancia de la comunicación y de la constante revisión del perímetro. Tras la sesión de debriefing, que duró poco más de veinte minutos, nos indicaron que nos preparásemos para la siguiente fase. Recogimos el equipo de protección y, siguiendo las indicaciones de los oficiales, caminamos por un camino de tierra hasta la parte baja de la base militar, donde nos esperaba la siguiente parte de la jornada.

Equipamiento militar abandonado tras el enfrentamiento militar

Dos de la tarde, post meridiam

Contrariamente a lo que esperábamos, la siguiente fase no fue inmediatamente otra simulación de combate. Tras la intensidad de la mañana, creíamos que nos lanzaríamos de cabeza a la próxima misión, pero el ejército, al igual que cualquier otra organización humana, también tiene pausas. Era el momento de recuperar fuerzas, un inesperado remanso de relax en medio del campo de maniobras.

Cartucho de fogueo usado en las trincheras militares

Mientras esperábamos para acceder al comedor improvisado, la oportunidad de interactuar con los alumnos de una manera más distendida se hizo patente. Compartimos algunas galletas y botellas de agua que traíamos y pudimos escuchar sus impresiones sobre el ejercicio de la mañana. Eran jóvenes con una disciplina férrea, sí, pero bajo el uniforme se notaba la camaradería y las bromas internas que solo nacen del trabajo duro y compartido.

Alumnos de 5.º de ACAB limpiando sus armas y comprobando sus municiones

Finalmente, entramos al lugar dispuesto para el almuerzo. Rompiendo con el tópico de la comida de cuartel insípida, la verdad es que el menú estaba delicioso. La logística era simple pero efectiva: la comida se servía en bandejas cubiertas por otras de plástico para evitar la necesidad de fregar las vajillas tradicionales, optimizando tiempo y recursos.

Comida en la base militar Renedo-Cabezón

El almuerzo consistió en patatas guisadas con arroz como primer plato, seguidas de una ración de ensalada. Como plato principal, nos sirvieron dos generosos filetes de lomo bañados en una rica salsa roquefort. Para el postre, la elección era entre fruta, yogur o natillas. Era una comida sustanciosa y muy bienvenida, un combustible necesario para la intensa tarde que se avecinaba. El compañerismo y las risas llenaron la sala, demostrando que la dureza de la formación se equilibra con momentos esenciales de distensión y unión.

Tres de la tarde, post meridiam

Presentación de la misión militar con los alumnos de 5.º de ACAB

Tras un rato de distensión, volvimos a entrar en el espacio principal para tener una presentación en Power Point del siguiente operativo que cubriríamos. Una entrega de suministros vitales a un pueblo civil evitando a los enemigos de guerrillas con cinco tanques con los alumnos de quinto de caballería, incluyendo en cada tanque a un periodista.

La misión de la tarde, explicó, simulaba la entrega de ayuda humanitaria crítica a una población civil ficticia en una zona de conflicto controlada por elementos guerrilleros. La dificultad radicaba en el equilibrio: moverse rápido, proteger la carga y evitar el enfrentamiento directo con fuerzas irregulares que buscan interceptar los convoyes.

Recorrido de los tanques por el campo de maniobras de Renedo-Cabezón

Para esta fase, nos asignaron a los alumnos de 5º curso de la Academia de Caballería (ACAB), futuros oficiales que ya rozan la excelencia en el manejo de vehículos blindados. Se dispusieron cinco Vehículos de Exploración y Combate (VEC), esencialmente tanques ligeros de Caballería, y se nos instruyó a cada periodista a acompañar a uno de los equipos.

Visión desde uno de los tanques de combate

Nos acercamos a la línea de vehículos, máquinas imponentes de metal que prometían velocidad y protección. Subir fue un ejercicio de agilidad y coordinación, sin embargo, toda la emoción inicial se disiparía pocos momentos después.

Cuatro de la tarde, post meridiam

En un principio, se nos había asignado al tanque de cabeza, un vehículo de reconocimiento que lideraría el convoy, dándonos una perspectiva privilegiada de la misión. La emoción de tener un rol explorador era palpable. Sin embargo, justo antes de ponernos en marcha, el sargento nos informó de un contratiempo: la radio interna de nuestro VEC tenía problemas de conexión con la red de comunicación del resto de la columna.

Asiento de uno de los tanques de combate

Con el tiempo apremiando y la necesidad de mantener una coordinación perfecta, se tomó la decisión de reubicarnos. Esto implicó que nuestro rol pasaría de ser el explorador principal a un papel de seguimiento en medio de la formación, una pequeña decepción que, no obstante, era una muestra de la prioridad militar: la operatividad ante todo.

Cinco de la tarde, post meridiam

Interior del tanque de uno de los tanques de combate

El motor rugió bajo mis pies, un sonido grave y potente que vibraba a través del casco y el chaleco. Una vez dentro, la realidad del campo de batalla se sentía aún más intensa: el tanque temblaba hacia todas partes. Me aferré a un pequeño pedazo de metal para evitar las grandes vibraciones que provocaba la oscilación de las ruedas del tanque. Antes de que quisiéramos darnos cuenta, la misión estaba en marcha: cinco tanques se alineaban para penetrar en la zona hostil, con el objetivo de llegar al punto de entrega antes de las siete de la tarde.

Control de radio de un tanque militar

El viento agitaba nuestro pelo violentamente. En ese momento agradecí las gafas de seguridad que me habían prestado uno de los compañeros. Durante el viaje fuimos hablando con el oficial que nos acompañaba en este nuevo tanque.

Seis de la tarde, post meridiam

El camino fue una prueba de resistencia. El tanque no estaba diseñado para el confort, sino para la supervivencia y la potencia, y cada metro recorrido lo demostraba. Nos aferrábamos a las agarraderas de metal como si de un salvavidas se tratara, mientras el tanque se abría paso por el terreno irregular. Los empujones eran constantes, un baile forzado contra las paredes blindadas del vehículo, un recordatorio físico de la velocidad y el peso de la máquina.

Conductor del tanque militar de reconocimiento

En medio de una gran subida y posterior bajada, la sensación de ingravidez seguida de un brusco impacto nos recordó que no todos los vehículos habían pasado la prueba del terreno: pudimos ver cómo al menos uno de los tanques más ligeros que nos acompañaban se calaba momentáneamente, obligando a una pausa inmediata de la columna. El oficial que nos acompañaba aprovechó esos breves momentos de detención para explicarnos técnicas básicas de observación: «Pónganse en diagonal», indicó, «así tienen un campo de visión más amplio sin obstruir el movimiento. Debemos estar atentos a cualquier movimiento inusual, cualquier motín o señal de presencia enemiga en los flancos».

Conductores del tanque maniobrando

El avance fue entrecortado. Hubo un momento de especial tensión cuando el convoy se detuvo por completo y el motor bajó a un ralentí inquietante. Por la radio interna, que milagrosamente funcionaba bien en nuestro tanque de seguimiento, escuchamos comunicaciones rápidas y codificadas. Los tanques de cabeza habían encontrado

«problemas», probablemente los guerrilleros que simulaban la oposición. El silencio se hizo pesado, roto solo por el rugido del motor y el viento. Sin embargo, la situación se resolvió rápidamente. Tras unos instantes que parecieron horas, recibimos la orden de reanudar la marcha. La determinación de la misión era más fuerte que cualquier obstáculo.

Siete de la tarde, post meridiam

Finalmente, la misión concluyó. El convoy de cinco vehículos blindados alcanzó el punto de entrega. Nos encontrábamos en una explanada cercana a unas estructuras que, para los fines del ejercicio, representaban el poblado civil. Allí esperaban otros oficiales, vestidos con ropa de civil, que agitaban la bandera blanca como señal de neutralidad y necesidad. Tras las comprobaciones de seguridad rutinarias y el protocolo de reconocimiento, se realizó el intercambio de suministros. Fue un momento de quietud operativa; la urgencia del movimiento cesó, permitiéndonos bajar por un instante de las vibrantes entrañas de los tanques.

El aire exterior, aunque polvoriento, se sintió fresco. Compartimos un breve momento con los oficiales que actuaban como civiles y con nuestros compañeros de los otros VEC, intercambiando impresiones sobre la carrera campo a través y la tensión del alto simulado. La adrenalina de la misión se disipaba, dejando paso a la reflexión. Con las últimas luces del atardecer tiñendo el horizonte, volvimos a nuestros tanques para el viaje de regreso. El rugido del motor, ahora familiar, nos acompañó mientras el peso de las experiencias vividas durante el día se asentaba en nuestras mentes.

Siete y media de la tarde, post meridiam

Alumna de ACAB apuntando al frente enemigo

Al dejar atrás el campo de maniobras de Renedo de Esgueva, la memoria se detiene en el contraste que definió la jornada. Empezamos la mañana con la rigidez de los uniformes y el trato formal de «usted», presenciando la dureza de una guerra de trincheras donde un flanco débil puede significar la derrota. Vimos la disciplina, la estrategia y el peso de la responsabilidad en jóvenes que, a pesar de su juventud y su disparidad de origen, asumían roles de mando con una seriedad pasmosa.

Heckler & Koch G36 fusil de asalto alemán de calibre 5,56 mm.

Sin embargo, ese mismo día, entre el fragor de los disparos de fogueo y el traqueteo de los tanques, encontramos un hilo conductor de humanidad. Fue la dulzura de un saludo de la profesora al militar, la risa compartida ante un chaleco antibalas mal ajustado, la camaradería durante una comida sustanciosa para recuperar fuerzas, y la preocupación de los oficiales por mantener la seguridad y el compañerismo incluso bajo la presión de un ejercicio de alto riesgo.

La Academia de Caballería no sólo forja futuros sargentos y tenientes; moldea personas capaces de equilibrar la firmeza necesaria para la defensa con la empatía requerida para el liderazgo. Nos fuimos de Renedo comprendiendo que la verdadera fuerza de un ejército no sólo reside en sus armas, sino en la dulzura entre armas, compañerismo y unión de quienes lo componen. El reloj marcaba la noche, pero las luces del aprendizaje seguían brillando intensamente y el brillo del conocimiento avivaba en cada uno de nosotros.

Alumno de ACAB aguardando el ataque enemigo

 

Razón: Los alumnos de 4º, en la asignatura de periodismo especializado, realizaron prácticas de Periodismo empotrado en la simulación de maniobras militares de los alumnos de la Academia de Caballería de Valladolid en marzo de 2026. Los futuros periodistas fueron evaluados mediante una crónica y un reportaje fotográfico que reflejara la vivencia.
Temática: Cronología de una práctica de periodismo empotrado.
Alumnos: Inés Moreno, Sandra Pérez y Candela González.
Curso: 2025-2026.
Asignatura: Periodismo especializado.

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