Hay lugares donde el viento no solo sopla, sino que cuenta cosas. Donde el silencio no es ausencia, sino memoria. En el horizonte infinito de Villabaruz de Campos y Tamariz de Campos, el tiempo no pasa: se posa.
Dicen que en estos pueblos el cielo es más grande. No porque lo sea, sino porque aquí nada lo interrumpe. Ni edificios, ni prisas, ni ruido. Solo campos abiertos, líneas que se pierden y caminos que parecen no llevar a ningún sitio… hasta que encuentras algo por descubrir.
Porque en Tierra de Campos, cada camino termina siempre en una historia.
Una puerta de madera entreabierta. Una silla a la fresca. Un saludo que no necesita palabras. Así empiezan muchas cosas aquí. Así se construyen las raíces.
Hay quien podría pensar que en estos pueblos no ocurre nada. Que todo permanece igual, detenido, casi inmóvil. Pero basta quedarse un poco más, escuchar un poco más, para entender que aquí ocurre lo esencial: la vida en su forma más desnuda y, quizás por eso, más verdadera.
En Villabaruz, su alcaldesa Pilar Trigueros nos recuerda cómo es el pueblo en verano con más ambiente y hace memoria de cómo era el pueblo cuando las calles estaban llenas de niños. No habla con nostalgia triste, sino con una especie de calma que mezcla lo vivido con lo aceptado. Pilar está ahora mismo pensando en las fiestas de San Pelayo para el 27 de junio; tiene que organizar muchas cosas y encargar los carteles de la fiesta, mientras nos enseña su ermita y la Iglesia con todo orgullo. La verdad es que es preciosa, nunca se imagina uno lo que hay en un pequeño pueblo de unas 30 personas.


Fuente: fotos tomadas por los investigadores
Perla Castrillo, la veterinaria de la zona es otra de las mujeres que vive en Villabaruz con su hija pequeña y que saca adelante las necesidades del pueblo y la ganadería de la comarca. Tiene una clínica en Rioseco, pero tiene su casita en Villabaruz donde viven en comunidad celebrando los Carnavales, la Semana Santa, los encuentros y meriendas por el Día Internacional de la mujer…, son reuniones sencillas en las que charlan, juegan a la partida, se ven, se conocen y hablan de cosas normales del día a día.

Fuente: fotos tomadas por los investigadores

Fuente: fotos tomadas por los investigadores
Mientras tanto, en Tamariz, un joven imagina cómo sería quedarse. No lo dice en voz alta, pero se le nota en la forma en que mira el campo, como si buscara en él una respuesta.
Entre ambos, entre quien recuerda y quien duda, se abre un espacio invisible. Un lugar donde el pasado y el futuro se rozan sin tocarse del todo. Ese espacio es, en realidad, el presente de estos pueblos.
Las raíces viven ahí.
No están solo en la tierra. Están en las conversaciones que se repiten cada tarde, en los nombres que todos conocen, en las historias que no están escritas pero que todos podrían contar. Están en la forma de cuidar: una visita inesperada, un plato que se comparte, una preocupación que no hace falta explicar.
En un mundo donde la soledad se ha vuelto silenciosa y urbana, aquí todavía tiene nombre y respuesta. No porque no exista, sino porque alguien la mira de frente.

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Pero no todo es calma, también hay preguntas; preguntas que se quedan flotando en el aire como el polvo de los caminos en verano.
¿Qué pasará con estos pueblos? ¿Quién continuará las historias?¿Qué pasará con las casas cerradas en unos años?
Son preguntas que no buscan solo respuestas técnicas, sino humanas.
Por eso, cuando llegan proyectos que invitan a parar, a reunirse, a hablar, a escucharse, algo se activa. No es solo una actividad, ni un taller, ni una iniciativa institucional. Es, en cierto modo, un gesto. Un gesto que dice: esto importa.
En los encuentros intergeneracionales que empiezan a tomar forma en estos pueblos, sucede algo casi imperceptible pero profundamente transformador. Las historias se cruzan. Las generaciones se miran de otra manera. Quien pensaba que no tenía nada que contar, descubre que alguien quiere escuchar. Y quien creía que todo estaba perdido, empieza a imaginar posibilidades. A veces basta una pregunta sencilla:
¿Cómo era esto antes? ¿Qué tradiciones se han perdido y podríamos recuperar? ¿Qué merece la pena recordar?
Y de ahí nace todo. Nace una memoria compartida.
Nace una idea.
Nace, incluso, una pequeña esperanza.
Porque el futuro del medio rural no se construye solo con infraestructuras o datos. Se construye con relatos. Con la capacidad de un territorio de contarse a sí mismo y de ser contado de otra manera.
Villabaruz de Campos y Tamariz de Campos no son lugares vacíos. Son lugares llenos de tiempo. Y el tiempo, cuando se escucha, se convierte en valor.
Quizá el verdadero problema no sea que estos pueblos estén desapareciendo, sino que durante demasiado tiempo hemos dejado de mirarlos. Hemos dejado de detenernos. De entender que en su aparente quietud hay una forma distinta y necesaria de habitar el mundo.
Aquí, las raíces no atan. Sostienen.
Sostienen a quienes se quedan, a quienes vuelven y, también, a quienes se van pero siguen perteneciendo de algún modo. Porque uno nunca se va del todo de un lugar donde ha aprendido a mirar despacio.
Al final del día, cuando el sol cae sobre los campos y todo se tiñe de un dorado antiguo, hay una sensación difícil de explicar. No es nostalgia. No es tristeza. Es algo más profundo: la certeza de que hay cosas que, aunque cambien, siguen estando.
Quizá eso sean las raíces.
Y quizá por eso, en lugares como estos, el futuro no se construye desde cero. Se construye desde lo que permanece.
Desde la tierra.
Desde la memoria.
Desde las historias que aún están por contarse.
Razón: La profesora Mónica Matellanes Lazo es la investigadora principal del proyecto Raíces: Relatos y aprendizaje Intergeneracional conectando estudiantes y sabios, fruto de la VII convocatoria de proyectos de
investigación y retención del talento UEMC-Diputación de Valladolid. La acompaña como becaria de investigación y antigua alumna de Publicidad y RR.PP., Paula Pozo Pablos. En esta investigación se aborda la problemática de los municipios de la provincia de Valladolid de menos de 200 habitantes. Gracias a las fuentes secundarias y primarias se entiende que hay que intervenir en los pueblos: escuchar y pasar a la acción. El objetivo es intervenir en determinados municipios prestando ayuda para recuperar la memoria, los oficios y las tradiciones… llevar a cabo talleres intergeneracionales que sirvan de modelo para su réplica en otros lugares de todo el panorama nacional. Es curioso detectar que muchos de los que viven en estas pequeñas zonas rurales no perciben soledad no deseada. Están felices, pero demandan servicios básicos; fundamentalmente la sanidad y el transporte. La memoria y la recuperación de sus raíces oficios…que no queden en el olvido que se visualice su patrimonio, riqueza cultural, natural, sus gentes y fiestas.
Profesor: Prof. Dra. Mónica Matellanes Lazo y Paula Pozo Pablos, Becaria de investigación y antigua alumna UEMC de Publicidad y RR.PP.
Especialización: Publicidad y RR.PP.











































